Cuenta la leyenda que el gran Diógenes, ante una ocurrente pregunta sobre sus preferencias vinícolas, respondió de la siguiente manera: "¿El mejor vino? El de los demás".
Va pasando el tiempo, se van desarrollando las tecnologías y con la explosión de Internet ahora cualquier persona con unos mínimos conocimientos sobre meteorología puede hacerse una predicción razonable, para un lugar razonable y un periodo de tiempo idénticamente razonable. Este hecho es posible, aparte de la intercomunicación cibernética, por la liberalización de productos de predicción por parte de los servicios meteorológicos de turno (algunos son más benefactores que otros, todo hay que decirlo).
La nueva moda es ahora las aplicaciones en los teléfonos móviles, que te dicen cómo, cuándo, cuánto y dónde va a llover, con una precisión a priori abrumadora. La idea es la misma: liberalización de productos derivados de modelos numéricos. Todo este maremagnum hace que, a poco que entendamos de qué va esto, nos sintamos los meteorólogos oficiales de la familia, amigos, etc.
Con todo esto, han proliferado las webs y aplicaciones para móviles que ofrecen servicios de prognosis a medida, normalmente elaborados en un formato sumamente atractivo a nivel visual, que permite aprehender gran cantidad de información sin apenas esfuerzo, pues no hay que leer prácticamente nada (el nuevo pecado capital del siglo XXI, la lectura). Te dan todo mascado, deglutido y, si les dejas, hasta defecan por ti. Sumamente interesante.
Toda esta vorágine visual coexiste con las predicciones de los servicios meteorológicos nacionales, cuyo formato se ha quedado atrapado en el pasado por muchas razones. Entre otras, podríamos citar la escasa amplitud de miras, el conservadurismo y la intransigencia de alguno de sus directivos (pero ése es otro debate). Ejemplos muy ilustrativos de esto que os estoy contando son los boletines de predicción regionales o los de montaña.
Conozco el procedimiento para la elaboración de estos boletines y las horas de trabajo que conllevan. He llegado a la conclusión de que este esfuerzo es vano, ya que, siendo francos, no se los lee ni Rita. ¿Por qué? Quizá por el formato tan poco amigable que presentan, por el lenguaje tan abstruso que se utiliza, por la incomprensión de la jerga meteorológica y probabilística por parte del usuario, por la curiosa querencia y tendencia hacia el oscurantismo por parte de la ciencia...¿Seguimos? Pero lo peor no es eso, no. Lo peor es que hemos entrado en una dinámica en que lo único importante es el continente, no el contenido. Y a las pruebas me remito por lo que voy leyendo, observando y escuchando. Nos están timando y lo pagamos con una sonrisa. Es lo que hay.
El último caso, hoy: cierto refugio, en sus recomendaciones para documentarse sobre la previsión meteorológica, insta a consultar varias fuentes de información. No, no vayamos a pensar que la primera es la del Servicio Meteorológico Nacional, ja,ja,ja...ingenuo de mí. De hecho, ésta se ubica en el furgón de cola.
¿Y cuál es podium? Webs de formato amigable, ofreciendo productos y salidas de modelos numéricos de resolución deplorable, sin ninguna calidad contrastada, afirmando en ocasiones cosas aberrantes y que fallan más que una escopeta de feria. Pero, ¡ay amigos! Esta escopeta es de marca, ahí está la clave. Respecto de los profesionales, es obvio que no tienen ni puñetera idea. "El que sí que sabe es Perico de los Palotes y eso que no ha estudiao". Los profesionales no visten de etiqueta, aunque algunos de sus directivos sí.
El futuro de la meteorología ya está aquí: formato amigable, inmediatez, cercanía al usuario, etc. Eso sí, a costa de enmascarar la verdad, de obviar la ausencia de predictibilidad, de omitir la incertidumbre que conlleva el pronóstico, de ocultar la ignorancia de muchos mecanismos de gran y pequeña escala, de pisotear la honestidad personal y profesional...
¿Para qué tener una bodega si el mejor vino siempre es el de los demás?